viernes, 29 de diciembre de 2006

Aquel domingo de elecciones

Este año es la primera vez que Cinthia participa de las elecciones. Así como ella, miles de personas asistieron el domingo a votar a las urnas. Algunos decían que para que no les impongan la multa; otros, porque querían elegir conscientemente al próximo gobernante. Esos otros eran muy pocos.

Cinthia tiene más de 18 años, edad que para el Estado peruano es suficiente para poder elegir a los “lanzapromesas” a consciencia. Todos los jóvenes ingresan a duras penas por las puertas de los locales de votación, que están rodeadas de chupeteros, vivanderas, encuestadores, policías, cachacos y así un largo de ocasionales personajes. No solo los mozuelos intentan llegar a su mesa, sino también los que ya se han comido más promesas, esas en las que te ofrecen el oro y el moro.

Ante el desconcierto por la gente que se aglomera a lo largo de las calles, Cinthia siente como las ideas se licuan en su mente. Todo está patas arriba. Lo poco que logró leer en el periódico de hace unos días parece tener ahora la consistencia de la ensalada que comió en el desayuno. Las mototaxis van y vienen a lo largo del camino. Ella ha preferido ir a pie. Necesita de “más” tiempo. Más minutos así como cuando se está a punto de dar los exámenes.

Cuando ya llega al colegio siente que comenzó la batalla. Con lapicero y cédulas en mano se dirige hacia la cámara secreta. Dos cédulas. Ni siquiera eso sabía. ¡Dos cédulas! Al igual que la mayoría de sus contemporáneas, la joven marcó la foto del candidato regional que le pareció más agradable y en la otra cédula la frase que guardara más esperanza para su provincia. Y es que Cinthia no es la única. Todo el Perú se debate entre la confusión de si elegir a los independientes o a los “dependientes”.

Cinthia observaba su dedo que parecía haber sido víctima de un fuerte golpazo. El morado de la tinta no salía ni por más secretos que le habían dado en la familia. No funcionó ni el de la abuela, ni de la mamá y mucho menos el del padre. El no haber sido la única que no había votado a conciencia le hacía tener un poco más de alivio. Nadie o casi nadie han sufragado con seriedad, pensaba ella.

Ya son casi más de las cuatro y la mayoría de personas están sentadas frente a su televisor. Cinthia hace lo mismo. Los flash informativos lanzan como ganadores a los principales postulantes de la capital. Después vendrían los regionales y así hasta llegar a unos cuantos provinciales. Los medios bombardeaban. Las pantallas apuntaban en letras grandes los resultados. Las radios ensordecían con sus enlaces en vivo y en directo. Y el periódico se desesperaba para que amaneciera y todos lo devoraran.

Para algunos, el candidato de su elección había ganado, para otros no. Muchos descubrieron al igual que Cinthia, que el personaje aquel, ese que parecía tan simpático o el otro elegido al azar por medio de juegos de niños había ganado. Al menos ahora el alivio era mayor, porque sin querer o casi como jugando habían elegido a la persona indicada. “Porque desde que gana es por algo, ¿o no?” sentencia, la joven.

¡ Luces, cámaras, a competir... !

Cuando el reloj marca las 5 y 30 de la tarde, cual tanques de guerra, los carros alegóricos de cada Facultad de la UDEP salen presurosos. Es sábado, 21 de octubre y la alegría en ruedas irrumpe con su propio batallón de revoltosos. Los alumnos simulan ser aguerridos soldados dispuestos a ganar la batalla que se avecina. No es para menos, pues, ya empezaron las Olimpiadas Ramón Mugica 2006.

El camino a recorrer es largo. Son muchas las calles que separan la Universidad del Coliseo “Miguel Gerónimo Seminario y Jaime”, punto de encuentro de alumnos, profesores y todo curioso que se acerque a ver las comparsas, los bailes y a unirse a los miles de aplausos que se regalan por cientos.

Efectivamente, todos parten del Campus universitario al Coliseo. La gente se amotina a lo largo del serpenteante camino. Miran con asombro de que en Piura haya esculturas egipcias, una pequeña plazoleta de España con un toro por delante, videojuegos que por un momento han logrado salir de las cintas de play station de sus pequeños hijos, tumbas reales, sirenas y marineros. Todos ellos andando en cuatro ruedas.

Detrás de cada realidad rodante se unen como indios una aglutinada masa de alumnos. Todos gritan y saltan y bailan y se caen y se paran. Los de Ingeniería visten de granate. Los de Comunicación de verde. Empresas, por su lado, de naranja. Derecho de rojo. Educación de celeste y de azul la Escuela Tecnológica Superior.

Los gritos se confunden, porque aquí nadie canta. De lo que se está seguro es que todos gritan. Cada quien defiende su casa y mientras más chillen, mejor. Los alumnos van por las calles y son agasajados por los simpatizantes. Todos salen de sus casas, pues nadie se quiere perder del no menos famoso corso de la UDEP.

La gente mira los carros, cual buques mercantes hacen su paso formando una especie de Dragón Chino. Son miles los colores que se funden en esta campaña. Los felices fisgones parecieran que despintaran con la vista las tonalidades de los carros y la de los milicianos universitarios.

Y así es todo el recorrido, los alumnos gritan, saltan, bailan, se vuelven a caer y se vuelven a parar. Unos bochinchean la barra al estilo del baile de moda, mientras que otros se agachan y gritan por su lado lo que les viene en gana. Lo importante es que el jurado vea que todos revolotean y hacen bulla. La cuerda humana irrumpe el tráfico por largo rato.

Al cabo de tres horas aproximadamente se llega al punto final y es en este escenario, el coliseo, en donde la bulla y la algarabía se elevan en su máximo grado. Llegó la hora de probar las fuerzas y nadie está dispuesto a perder. Unos presentan números habituales con olor a usado. Hay otros, en cambio, que no se quedan atrás y muestran bailes que dan ganas de unirse a ellos. Y ya se vienen los saltos, y un poquito para la izquierda y después para la derecha y así en todas las direcciones. En esta batalla no hay escudos ni espadas. Esta vez las armas son los movimientos de cada incansable bailarín.

Antes de que cada Facultad haya empezado a bailar, las bullangueras barras ya se han ubicado en su propio lugar. Un error de los danzarines puede ser fatal, pero para eso están los gritones, quienes unidos intentan despistar al infranqueable jurado. Cada barra demuestra lo aprendido las noches pasadas, aquellas noches en las que se unían para ensayar y deformar melodías y así crear las propias.

Ya cada quien se ha presentado y todos se vuelcan a pisotear la pista central del Coliseo. Empresas saca su gigantesca banderola naranja. Ingeniería una menor y el resto trozos de tela verde, celeste y azules. El patio parece una paleta de colores expresionista. Todo es desorden y caos. La bulla parece ser la única que no muere. Ya es tarde. Unos se quedan, mientras que otros prefieren retirarse y dejar atrás los gritos que desaparecen en una moribunda agonía.

Cada vez que te veo

Discúlpame que haya llegado tarde otra vez. ¡Ay hijo, si tu supieras como estuvo el tráfico hoy, ni me mirarías con esa cara! Ya sé que siempre reprochas mis tardanzas y que te enojas cada vez que te digo las mismas excusas. Esos son cuentos chinos como diría tu madre. Es que es verdad y tú no me lo puedes creer.

Cada vez que te miró me doy cuenta de cuánto has crecido. Estás grande, tanto así que ya me pasaste de tamaño. Tus cabellos rebeldes y encrispados, hoy se han convertido en rulos. Y tu voz es cada vez más grave. El tiempo ha transcurrido tan rápido y ya has adoptado las características de todo un joven.

Hoy que te veo allí hijo, me duele observarte. Es que creces y cambias, muy a menudo, pero solo lo haces en mis cuadros. Sí, en mis dibujos. Es difícil retratarte después de tu muerte. Mis pinceles te han convertido en todo un hombrecito. Cuando dibujo tu garganta, de ella imagino escuchar tonos graves y sonoros, y te siento cantando en las grandes óperas. Ahora, a lo largo de tus piernas ya han empezado a asomarse los primeros vellos y tus brazos se ven fuertes y velludos como los míos.

No es fácil hijo. Estoy sólo, muy sólo. No tengo a nadie. Solo los lienzos en donde vuelco tus imágenes desde los cincos años, me acompañan. Es que la vida se me complica cada vez más que te recuerdo. Te dibujo y siempre te pienso e imagino que me respondes, como hoy, cuando sentí que tus ojos vidriosos me reclamaban la tardanza.