sábado, 10 de marzo de 2007

El viejo

Era de noche y Año Nuevo. Después de varios años me encontré al viejo. Caminaba como cojeando con un libro en la mano y un maletín negro en su hombro derecho. Faltaban pocas horas para que la efervescencia de la noche explotara y el pobre viejo aún seguía vendiendo esos libros desfasados y antiquísimos, esos ejemplares de antaño, que alguna vez me ofreció.

Yo esperaba que mi madre bajara del centro comercial para irnos a casa y llevar las últimas cosas para recibir un año más. El viejo pasó delante de mí y casi ni percibió mi presencia. Más adelante, un hombre con panza de sandía estaba recostado a su moto roja de dos ruedas. El viejo pasa y detiene su marcha, estira su mano y ofrece un libro viejo y roto. No dice nada, el hombre de la pipa inmensa tampoco. Otro cliente más que no le asunta a lo que él ofrecía.

Veo que mi madre ya baja del centro comercial y me hace unas señas con la mano. No le asunto, en esos momentos me preocupaba el viejo. Me interesaba saber cómo y con quién la pasaría. ¿Tendrá esposa? Pobre viejo, me da pena. El veterano pasa la transversal y continúa por la calle que cada vez se oscurece más. Mi madre baja y advierte que esta noche será la mejor. Le hago una mueca de alegría fingida con los labios. Volteo y el viejo ya no está, se me perdió en la oscuridad.